Perdonar
Guardé silencio para sentir.
Dolor y tristeza, agravios, el destierro de todo aquello que llamaba mío.
Se apagaron las luces y la obscuridad no era sólo fría y desolada, era insoportable.
“Perdona”, me dijeron.
Respiré y quise perdonar, desde algún montículo moral, desde alguna grandeza que me diera la ventaja de ser la mejor persona.
El dolor seguía intacto. Se extendía a otras regiones. Comencé a ver que ese agravio era sólo una pequeña ola en un oceano que me separaba de aquello que alguna vez declaré mío. Hacía mucho que ese encuentro era un cementerio.
Vino la desilusión, vino el llanto. Vino el duelo y la pesada realidad de la pérdida definitiva.
“Perdona”, me repitieron.
Respiré y prometí que iba a perdonar, por mi conciencia moral, por saber que era lo correcto. Ya sin montículo alguno, me fui a algún valle de martirio para perdonar con las manos vacías, con desesperanza.
El dolor seguía intacto. Esta vez me miró de frente y me reprochó por todo. Era yo quien había llegado así de lejos. Era yo quien había sido irresponsable y no se cuidó.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Vino la ansiedad, la parálisis y el maltrato. La crueldad se hizo cargo de mí y de mis errores, a solas. En breves descansos, me permitía hundir la cabeza en el lodo, donde encontraba brevemente un receso, tan fugaz como inmerecido.
“Perdona”, me susurraron.
Guardé silencio para rendirme.
No podía perdonar. Me di cuenta que no sabía qué significaba eso, en medio de tanto dolor y de pérdidas irreversibles.
Guardé silencio para preguntar. ¿Qué es el perdón?
Un minuto más tarde me contestaron: “El perdón es el agradecimiento que le damos al dolor por las lecciones que nos obsequió”.
Como una película, ante mis ojos corrían esos montículos morales, esas excepciones, las narrativas. Después el lodo y la obscuridad, el aislamiento y la vergüenza, el odio a mí misma.
“Perdona”, repitieron.
Y me vi , esta vez sin montículos ni valles, en una planicie de tierra y lodo sobre la que camino todos los días. Sin excepciones ni narrativas. Solamente mis pies descalzos en el barro y un vestido blanco al ras del suelo, inevitablemente sucio.
Guardé silencio, pero esta vez para agradecer al dolor, sin saber muy bien por qué.
Pero entonces, el dolor se desdobló.
Experiencias dulces y amargas;
Estrellas que jamás alcancé pero que me llevaron a tierras lejanas;
Ciclos que terminan y abren paso al vino nuevo.
Dolores de parto. Dolores de crecimiento. Dolores de primera vez.
Un mar ahogó a diez mil carruajes y me dejó en la orilla de una playa inhabitada. En el horizonte se asomó el sol y amaneció la promesa de renovación.
***
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.”
-Mateo 6:12
“Bendita la crisis que te hizo crecer,
la caída que te hizo mirar al cielo,
el problema que te hizo buscar a Dios”
-San Pío de Pietrelcina