Gloria

La Gloria de Dios en la tierra. A eso saben los días en los que guardo silencio y pregunto “¿Qué quieres de mí?”

Me preguntaban si para amar se tenían que hacer sacrificios. Mi respuesta recordaba que la palabra “sacrificio” significa hacer algo sagrado.

La pregunta correcta, me parecía entonces, es: ¿Qué es un sacrificio adecuado para el amor?

El amor más perfecto es Dios, y es su hijo Jesucristo. El Espíritu Santo es su manifestación más pura, del amor del Padre y el Hijo.

Hoy la homilía me llamaba por mi nombre. Me miró a los ojos y me dijo “A tí también se te murió tu papá y tu fe salió como león a defenderte de la desesperanza y del miedo.”

“Tu fé te ha salvado”. Más de una vez.

En la muerte hay fruto: un nuevo pacto.


Las mejores palabras de hoy para recordarnos por qué estamos aquí, por qué vale la pena toda dificultad y prueba, las pronunció el Papa Francisco en su homilía:


Quiere decirnos que la gloria, para Dios, no corresponde al éxito humano, a la fama o a la popularidad; la gloria, para Dios, no tiene nada de autorreferencial, no es una manifestación grandiosa de potencia a la que siguen los aplausos del público. Para Dios la gloria es amar hasta dar la vida. Glorificarse, para Él, quiere decir entregarse, hacerse accesible, ofrecer su amor. Y esto sucedió de manera culminante en la Cruz, precisamente allí, donde Jesús desplegó al máximo el amor de Dios, revelando plenamente su rostro de misericordia, entregándonos la vida y perdonando a quienes lo crucificaron.
— PAPA FRANCISCO. Angelus. 17 de marzo de 2024

La Gloria de Dios es amar hasta dar la vida. Es entregarse, especialmente entregarse a él, sin reservas.

Cerré mis ojos y quise escuchar. Sólo percibí una sonrisa, de quien sabe que caminaré con él hasta el final.

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